De la humillación y los límites

Por la Lic. María Zysman, Directora de Libres de Bullying.

“Una profesora me cuenta esta experiencia personal: en una prueba escrita descubre a una alumna con las manos debajo del banco, se acerca y le encuentra su machete escondido. No se enoja, no le grita, no hace público el hecho, no la pone en evidencia frente a sus compañeros, no la expone para que el resto escarmiente; en el más absoluto silencio le retira la hoja y le pone un 1. Días después, le toma el recuperatorio y, ya al final de la hora, vuelve a descubrir a la chica con las manos debajo del banco. Se acerca, resignada, y encuentra que lo que escondía esta vez su alumna era un ramito de jazmines. Son para usted, le dice, y se lo entrega junto con el examen terminado y con la mayoría de los puntos bien resueltos.Todo chico valora ser respetado, me comenta la profesora, todo chico merece ser respetado. Porque son chicos, y están aprendiendo.”

Pasión por enseñar (fragmento).
Mex Urtizberea
Para La Nación, 29 de febrero de 2008

humillacion_diciplina“Todo chico valora ser respetado” dice Mex Urtizberea con simpleza y profundidad. Todos los chicos necesitan ser respetados para –entre otras cosas- aprender a respetar y respetarse.

No hablamos del respeto formal, pomposo, elocuente y solemne, el de las “faltas de respeto”, sino del que se refiere al reconocimiento y valoración de los propios procesos y de las propias necesidades. El respeto por la identidad, la etapa evolutiva y la historia particular de todos y cada uno de los chicos. El respeto a la integridad y al derecho a equivocarse.

Eso no impide de ninguna manera “ponerle un 1” (un límite) a un alumno, sino todo lo contrario. Pero hacerlo con un objetivo claro y respetuoso, educativo y eficaz. Un 1 que no humilla, porque está puesto para otra cosa. Un 1 firme y amoroso a la vez, un 1 privado y no público.

Cuando pensamos en las relaciones abusivas que supone la dinámica bullying, surge una y otra vez la palabra “humillación”: “Me sentí humillada cuando encontraron mis toallitas en la mochila”, “El video de mi caída lo que más me daba era vergüenza, pero mucha… el resto no me dolió”, “¡Ver esos comentarios debajo de las fotos de mi hija nos indigna! Es un papelón para la familia”, “Ya van a ver esos grasas cuando les cuelgue el pasacalles enfrente de la ventana lo que se siente”. “La profesora, humillada por sus alumnas que la habían expuesto en las redes sociales, las filmó y subió el video a su propio perfil y al de la escuela”… Y así, tantos otros testimonios.

La mirada del otro que se ríe ante el propio dolor incrementa siempre el sufrimiento. Muchos padres me consultan cuando sus hijos están involucrados en situaciones de bullying y, entre algunas estrategias utilizadas por ellos mismos, narran por ejemplo, haber subido chats (de Whatsapp o de Facebook) a sus propios muros para que así “todos sepan” lo que sus hijos padecen. O haber tomado de perfiles de otros chicos fotos en donde –según ellos- sus hijos quedaron excluídos con comentarios parecidos a “acá están los buenitos del curso en una pijamada que no invitaron a Martita… estos son los buenitos del Colegio X”. Recurren a las mismas herramientas utilizadas por los chicos para agredir a sus hijos, para exponer el problema y/o vengarse.

Pasan el límite. Necesitan límites. No (se) respetan.

Desde ya que es difícil saber qué hacer cuando a un hijo lo lastiman. ¿Quién no se identifica de alguna manera con el “Si tocan a mis hijos soy una leona” o “Dejá que esto lo arreglo yo”? ¿Cómo se mantiene la calma y templanza al ver ataques humillantes deliberados, intencionales y claramente agresivos hacia nuestro hijo?

Claro que es difícil, pero es imprescindible. Es el no enojo, el no grito, el no escándalo, lo que nos permitirá luego “encontrar jazmines”, como la profesora de Mex Urtizberea.

Sea nuestro hijo quien agrede o quien es agredido, nos necesita enteros. Y respetuosos.

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