Por culpa de Pablito

Por la Lic. María Zysman, Directora de Libres de Bullying

Nota publicada en el Diario Clarín, de Buenos Aires, el 22 de enero de 2020

Ante un hecho horroroso como el reciente asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, uno instantáneamente se queda paralizado. Lo monstruoso nos deja mudos, perdidos, atemorizados. Luego llegan las preguntas, los intentos de explicación y la búsqueda de responsables. Cada uno –por su experiencia y labor– enfocará estos interrogantes desde distintas perspectivas.

Lo cierto es que a Fernando lo asesinó una patota, conformada hace tiempo, que tiene una historia compartida y una forma de ser y estar particular. Entre esas particularidades, aparece como “chiste” el culpabilizar de todo lo malo que les  acontece a otro joven por ellos conocido: si llueve es culpa de Pablito, si pierden un partido es culpa de Pablito, si patean hasta morir a alguien es culpa de Pablito.

Y en este caso, Pablito queda detenido tres días, preso en una celda y en la peor pesadilla. Sus padres explican que esto venía sucediendo desde hace tiempo, que su hijo, a quien no le gusta tomar alcohol ni involucrarse en en peleas, era víctima de este grupo de rugbiers en forma reiterada. La familia, en definitiva, habla de bullying.

¿Es oportuno ocuparnos del bullying en este contexto tan dramático? Sí, y de los alcances de los “chistes”, también. Hablamos de bullying cuando hay un grupo que agrede sistemáticamente a UN par, con la intención de humillarlo y dejarlo expuesto al ridículo. Cuando se busca intencionalmente atacar al otro mediante agresiones verbales, acusaciones falsas, golpes, “chistes” o burlas. El objetivo se logra si hay espectadores que puedan, con su mirada y silencio, darle cada vez más poder al agresor.

Para que se construya esta relación abusiva es fundamental la ausencia de consecuencias. El sentir que todo se puede hacer y que hay absoluta impunidad porque quienes deberían ejercer la autoridad, ya sean docentes, entrenadores, la policía o la justicia, minimizan o ignoran lo sucedido.

Y cuando no hay consecuencias ¿qué compañero se anima a pedir ayuda? Si de antemano sabemos que nada cambiará, ¿nos arriesgamos a poner el cuerpo? Si quien nos tiene que cuidar no sabe o no quiere hacerlo, difícilmente podamos nosotros cuidar a otro.

A Fernando lo mató un grupo que intentó, además, culpabilizar a un inocente. No actuaron como equipo, sino como patota. Los equipos –más aún los deportivos– pueden salvarnos; ser parte de una patota, en cambio, nos degrada y nos hunde.

Ojalá que cada uno de nosotros pueda cuidar tierna y amorosamente a los otros. Que tenga la palabra y la escucha a disposición. Que comprenda que no es válido hacer humor con todo, porque el sufrimiento no es un chiste. Ojalá que entendamos que el mundo es para todos. También para los tímidos, débiles o solitarios.

Y que no haya impunidad para nadie. Tenga o no tenga poder.

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